Misión: despertar vocaciones científicas. Duración estimada: toda la vida. Lugar: cualquier colegio de Educación Secundaria.
lunes, 28 de julio de 2025
Querido abuelo VIII
martes, 31 de diciembre de 2024
Querido abuelo VII
Querido abuelo,
Un nuevo año termina y como tengo por costumbre, me gustaría compartir contigo como evoluciona mi sueño de ser docente. Casualidades de la vida, esta es la séptima carta que te escribo y este, mi séptimo curso trabajando de profesora. Te fuiste antes de que empezara este camino, abuelo, pero lo recorres a mi lado, sonriéndome a diario desde mi fondo de pantalla. No sabes la ilusión que me hace que me digan que me parezco a ti cuando descubren en mi ordenador nuestro retrato.
Este curso me tocó algo que añoraba desde hace tiempo, abuelo, ser tutora. Con mucha ilusión y algo de vértigo, asumí el reto con una L a la espalda. Y tuve mucha suerte, pues me tocó una tutoría de adultas fantástica. Mis alumnas comprenden mi inexperiencia y cada día, aprendo algo nuevo de ellas. Son personas admirables, abuelo. La mayoría vuelven a estudiar después de años, compaginando los estudios con sus familias y su trabajo. Tú mejor que nadie sabes que si escogí la enseñanza media es porque me gusta el trato directo con el alumnado. Poder acompañar a este grupo me hace sentir privilegiada.
Además de la tutoría, tengo otra novedad que contarte, abuelo. En el centro en el que estoy este año el claustro es muy comprometido y se hacen muchas cosas. Es por eso que me siento como pez en el agua. No sabes qué alegría sentí cuando el equipo directivo aceptó mi propuesta de celebrar una jornada de voluntariado. Como no podía ser de otra forma, ese día hablé de ti, de cómo el voluntariado me ayudó a sobrellevar tu pérdida y de como desde entonces, esas experiencias transformaron mi vida. Porque como en otros muchos aspectos, en este también fuiste y eres fuente de inspiración.
No te voy a engañar abuelo, la tutoría tiene sus retos. Encontrar el equilibrio entre la comprensión de las circunstancias individuales y el buen funcionamiento de la clase en ocasiones, no es fácil. En personas adultas además, la casuística es más heterogénea. Como tutora, soy consciente de que mi responsabilidad es abogar por el grupo ante el resto de profesorado, pero también llamarlo a filas cuando es necesario. Algo así como ser a la vez el poli bueno y el poli malo. Después de seis años como profesora rasa, llegó el momento de saltar de pantalla, abuelo. Gracias por ser mi combustible para seguir caminando.
Te quiero
domingo, 17 de diciembre de 2023
Las dos caras de la moneda
Siempre que termina el año, siento la necesidad de reflexionar sobre lo que a mi carrera docente se refiere y las vueltas que ha dado en los últimos meses. Ahora, que por primera vez estoy ejerciendo como profesora en la enseñanza pública, tengo la sensación de que las piezas de mi puzzle particular comienzan a encajar. De la escuela concertada religiosa, donde pude conocer en profundidad el voluntariado a la escuela pública, concretamente al Departamento de Servicios Socioculturales y a la Comunidad, donde creo haber encontrado mi lugar. Yo, que estudié veterinaria y puse de segunda opción Trabajo Social, actualmente me considero muy afortunada de poder formar a personas, cuyo trabajo es el de ayudar a los demás.
A comienzos de este año, terminaba una baja de maternidad en un colegio concertado, que como en los casos anteriores, abandoné entre lágrimas y profundamente agradecida. Tuve la suerte de conocer a compañeros y compañeras maravillosos y disfruté enormemente impartiendo por vez primera, exclusivamente mi materia. Los grupos que tuve me inspiraron enormemente para diseñar propuestas didácticas y siempre llevaré en el corazón aquel tiempo compartido. En los colegios concertados, descubrí la importancia de la educación integral de la persona y del compromiso con el entorno, al tiempo que puse a prueba mi vocación e "hice callo" como docente. Mi alumnado de entonces sufría los problemas inherentes a su edad, esos que sobrevienen cuando pretendes construir tu personalidad en un mundo pseudovirtual. Ahora me doy cuenta, sin embargo, de que la mayoría de mis alumnos y alumnas eran unos privilegiados ya que tenían una familia detrás que les daba amor y respaldo.
Desgraciadamente, esto no siempre es así en la escuela pública, accesible a todos sin importar el nivel socio-económico del personal. El perfil del alumnado es muy diverso y en ocasiones, a los conflictos derivados de la adolescencia, se suma la falta de una red de apoyo familiar. Y es que la escuela es solo la cara de la moneda; la cruz es el hogar, y en muchos casos, este no es el ideal. En sólo tres meses en la escuela pública, he vivido situaciones a las que nunca había tenido que enfrentarme en los cinco años anteriores en la concertada. Alumnos que no controlan su agresividad llegando a ejercer violencia física contra sus iguales, alumnos adictos al consumo de sustancias; alumnas envueltas en relaciones tóxicas y otras, víctimas de violencia en el ámbito familiar. La escuela pública es para muchos, una vía de escape y la formación, su tabla de salvación para conseguir un trabajo, la independencia, una vida mejor. La labor docente alcanza aquí una nueva dimensión; más allá de lo académico, las profesoras y profesores proporcionamos a nuestro alumnado la confianza y el cariño que en ocasiones les falta y reclaman mediante determinadas conductas, muchas veces contrarias a la convivencia.
No pretendo con esta reflexión minimizar los desafíos de la adolescencia, pues tanto los alumnos de escuelas concertadas como públicas han de lidiar con los problemas derivados del uso de las pantallas, que tanto repercuten en su salud mental. No pretendo tampoco dibujar una línea roja entre el alumnado de unos y otros centros, pues toda generalización es un error. Hay familias desestructuradas en la concertada y familias estructuradas en la pública. Yo misma estudié en la escuela pública y siempre tuve una familia amorosa y presente y otros, fueron a la escuela concertada y sufrieron con la separación de sus padres, por ejemplo. Lo que está claro, en cualquiera de los casos, es que los docentes tenemos la responsabilidad de ser esa segunda o para algunos, primera familia. Seamos guías, referentes, la mano amiga de todos aquellos alumnos que nos necesiten.
jueves, 29 de diciembre de 2022
Querido abuelo V
Querido abuelo,
Siempre que el año termina, no puedo evitar echar la vista atrás y hacer balance. Hace ya seis años que no estás y mi vida, como ya te he contado en otras ocasiones, ha cambiado mucho. De la universidad a un colegio y luego a otro y después, a otro más, esta vez en distinta ciudad. Tú ya sabes abuelo que soy una persona que se adapta fácilmente a los cambios, a la que le gusta reinventarse, pero no te voy a negar que últimamente, cuando miro a mi entorno, añoro cierta estabilidad. Conocer formas distintas de trabajar me ha hecho crecer como docente, pero despedirme de alumnos y compañeros a los que aprecio, es algo que por más veces que haga, me sigue costando. Y es que es difícil no encariñarse con las personas, sobre todo si son tan maravillosas como con las que he tenido la suerte de cruzarme.
Pero vayamos al lío, abuelo, que ya sabes que yo soy mucho de enrollarme. Lo cierto es que este año, en lo que se refiere al ámbito profesional, no puedo quejarme. Como profesora, conseguí un contrato a tiempo completo, impartiendo únicamente mi asignatura; ese es un lujo que no siempre tenemos los docentes. Y como lo he disfrutado, abuelo. Lejos de los conflictos de la edad del pavo, he podido desarrollar la materia como siempre había soñado, haciendo proyectos, compartiendo inquietudes e intentando contagiar a los chavales mi entusiasmo. Aunque asumo gustosa el reto de la ESO, he podido experimentar lo increíble que es enseñar en Bachillerato, a alumnos hipermotivados, a los que les interesa de verdad la asignatura, con los que se puede practicar la exigencia y la cercanía a partes iguales. Tener la oportunidad de enseñar a los mayores ha sido, sin duda, la gran experiencia de este año.
En lo que concierne a mi vocación divulgadora, he conseguido sacar un gran proyecto adelante en la mejor de las compañías: un concurso de monólogos científicos. Ya sabes, abuelo, que en la divulgación, encontré la forma de aunar mis dos grandes pasiones: la ciencia y la comunicación. Fueron meses de arduo trabajo pero la experiencia mereció la pena; plantamos la semilla de algo importante, abuelo, pues como en todo, lo difícil son los comienzos. Gracias a ello, he conocido gente nueva, con intereses comunes a los míos; estoy segura que no cejaremos en el empeño de convencer al personal de las bondades de la ciencia. Al margen de ese gran proyecto, he seguido haciendo mis pinitos en colegios y universidades; todo sea por inspirar vocaciones científicas que, al fin y al cabo, es mi ambicioso sueño. El que nació gracias a mis maestros, los del cole, los del instituto y los de la universidad. Olé por ellos.
Por último y no menos importante, abuelo, la razón por la que amo este trabajo. Este año he tenido la oportunidad de profundizar en el conocimiento de las personas gracias al voluntariado. A la experiencia portuguesa que te he contado, he de sumar las visitas al economato con los estudiantes de Bachillerato. Ser testigo de como personas tan diferentes, como jubilados y escolares, dedican su tiempo a ayudar a otros, es de esas cosas que te devuelven la esperanza en el género humano. Las actividades en las que coinciden distintas edades, son una oportunidad única para el aprendizaje de valores, como el respeto al diferente, al desfavorecido, a los mayores. Aún recuerdo el día que acudí a los talleres donde los chavales dan clase a octogenarios que no pudieron ir a la escuela; una de esas experiencias que traspasa corazones. Dicen abuelo, que esta a la que estoy educando, es la generación más empática de todas; después de lo que he visto y vivido, me atrevo a decirte que hay esperanza.
Gracias por seguir inspirándome.
Te quiero,
Eva
sábado, 11 de septiembre de 2021
Querido abuelo II
Querido abuelo,
Hace un par de años que no te escribo, aunque todos los días me acuerdo de ti. En la última carta, te conté que había dejado la investigación para dedicarme a la docencia. Quién me iba a decir por aquel entonces que me tocaría dar clases en plena pandemia. Telemáticamente primero y presencialmente después, con cambio de colegio de por medio. Ahora, como siempre que empieza un nuevo curso, me siento perdida. Que bien me vendría un consejo tuyo a estas alturas de mi vida.
En estos tres años he descubierto que enseñar es lo que realmente me hace feliz, abuelo. A veces, no puedo evitar pensar que en el pasado he perdido el tiempo. Qué habría ocurrido si después de terminar la carrera hubiese empezado a perseguir este sueño? Tendría hoy un puesto fijo de profesora? Eso, nunca lo sabremos. Lo que sé seguro es que el aprendizaje y las personas que conocí en ese tiempo merecieron la pena. Cuando me sobreviene la incertidumbre sobre mi carrera, pienso en ti abuelo; tú tuviste varios trabajos hasta entrar en la residencia y tu primer sueldo, fueron unas cuantas pesetas.
Siempre me decías que era una idealista cuando me quejaba por las injusticias. Ahora sé que tenías razón. Trabajar en lo que a uno le gusta es un privilegio del que gozan pocos. En estos años, me he dado cuenta de que un trabajo apasionante puede darle sentido a una vida. Por supuesto que hay más cosas, abuelo, pero a esto dedicamos un tercio de nuestro tiempo. Estoy convencida de que entenderías la frustración que siento. Tantos años de formación, con cambios de casa y salidas al extranjero y, como tantos jóvenes de mi generación, sigo buscando mi lugar en el mundo en estos momentos.
Estamos en una nueva crisis, abuelo. Son tiempos difíciles para todos, pero no más que los que te tocó vivir a ti, huérfano de padre en el franquismo. Quizás los jóvenes de ahora somos egoístas o como lo tuvimos todo, inconformistas, pero yo no quiero dedicar mi tiempo a algo que no me hace feliz, abuelo. No es que me sienta ni más ni menos que nadie, pero me niego a trabajar por cuatrocientos euros. Aspiro a algo más que a un trabajo que me dé sustento. Educar es mi elemento y aunque el camino sea difícil, no quiero renunciar a ese sueño. Pensar en ti me da fuerzas para ello.
Te quiero,
Eva
lunes, 25 de enero de 2021
El alquimista de sueños
Solo mencionar su nombre, se hacía el silencio en el aula. Cuando atravesaba los pasillos del instituto con su bata blanca, todo el mundo se callaba. Era mucha la autoridad que aquel hombre ostentaba. Su físico, imponente, su semblante permanentemente serio y su mirada, su mirada te atravesaba. Conocido en toda la ciudad, nadie como él preparaba la Química para Selectividad. Al principio, los alumnos nos sentíamos intimidados por su voz profunda, sus grandes gafas y sus casi dos metros de altura. Con el tiempo, el temor se convirtió en admiración hacia aquel hombre que no sólo nos preparaba para un examen, sino también para la universidad, para la vida.
El profesor de Química fue de las primeras personas del instituto en tratarnos como adultos. Se dirigía a nosotros de usted, nos hacía tomar apuntes en folios y colgaba las notas de los exámenes en el tablón de clase. Si queríamos saber nuestros errores forzosamente teníamos que acudir a su despacho, donde no solo te explicaba en qué habías fallado, sino que también te hacía reflexionar sobre la importancia de competir contigo mismo. En el aula, sus lecciones eran magistrales, boquiabiertos nos quedábamos oyéndolo hablar de estequiometría, de termodinámica, de entropía. En el laboratorio, nos descubrió el maravilloso mundo de las reacciones químicas, con pequeñas explosiones y cambio de colores.
Nunca olvidaré cuando nos encargó construir una red cristalina con palillos y plastilina. Cuando le hacíamos entrega de nuestra pequeña obra de arte, él se la llevaba al laboratorio sin decir nada. Un buen día, apareció con una inmensa estructura de redes cristalinas. Me lo imaginé montando la figura, haciendo encaje de bolillos con sus inmensas manos. Aquel día, yo estaba en primera fila. Cual fue mi sorpresa, cuando sacó un martillo de debajo de la mesa y golpeó la estructura con mano certera, saliendo los palillos y la plastilina disparados. Atónitos estábamos cuando él pronunció solemnemente la frase "acabamos de demostrar la fragilidad de los cristales". Quince años después, sigo recordando la fragilidad del enlace y el tremendo susto que me llevé al descubrirlo.
Como alumna, nunca se me dio por pensar en él como padre de familia, hasta el día que lo vi por la calle, paseando con su hijo. Es curioso lo que nos cuesta pensar en que los profesores tengan una vida fuera del colegio, como si no fuesen personas de carne y hueso. Vestido de calle, en compañía de su familia, ya no me daba miedo, era un ser humano normal y corriente, con problemas como todos. Desde aquel día, no lo volví a ver con los mismos ojos. Es cierto que era un profesor muy exigente, pero nos exigía porque amaba su profesión y quería lo mejor para nosotros. Su único deseo era que todos sus alumnos consiguiésemos la nota que daba acceso a nuestros sueños. Pasados unos años, volvimos al instituto a agradecerle lo que había hecho por nosotros. Larga vida a los maestros.
sábado, 16 de enero de 2021
Oh, capitana, mi capitana!
Era un día de verano, recién terminada la carrera, cuando ella, me hizo una propuesta. Por aquel entonces, yo estaba confundida, con veintidós años, aún no tenía claro que quería hacer con mi vida. Me gustaba estudiar pero me asustaba comprometerme para al menos, los siguientes cinco años de mi vida. Así que fui sincera y le dije "con todos los pájaros que tengo en la cabeza, no sé si seré capaz". Ella me contestó, "esos pájaros no tienes por qué perderlos, son los que te hacen especial". Y aunque dedicarme a la investigación no es algo que me hubiese planteado con anterioridad, me di cuenta de que hacer el doctorado con ella era una oportunidad que no podía dejar escapar.
Así comenzó una gran aventura, en la que no pocas fueron las veces que creí naufragar. Siempre que me invadía el cansancio, ella estuvo a mi lado, ayudándome a remar. Ahora pienso que sería de esa joven grumete sin una capitana que la guiase en tan largo viaje. Durante los primeros años, gracias a ella aprendí la lección más importante de todas: aprendí a fracasar. Fueron muchas las jornadas de trabajo sin resultados, en las que ella, tenaz como la que más, me enseñó a ser resiliente y a ver los errores como oportunidades de mejorar. Con el paso del tiempo, se convirtió para mí en un referente, no sólo a nivel académico, sino sobre todo personal. Pasión por el trabajo, empatía y humildad.
Ella fue una de las primeras en darse cuenta de que lo que más feliz me hacía en la vida era enseñar. Supongo que por eso, me abrió las puertas del aula magna y me confió su clase magistral. Cuando ya no pudo enseñarme más, movió cielo y tierra para mandarme al extranjero, pues no sólo quiso ofrecerme una formación completa, sino también regalarme una gran experiencia vital. Gracias a las herramientas que ella me dio, reuní el valor para navegar sola en otros mares, para afrontar nuevos retos y vencer tempestades. Siempre pendiente de mi pero en segundo plano, consiguió que ganase confianza en mí misma y que decidiese libremente a qué quería dedicar mi vida.
Después de seis años de travesía, juntas llegamos a puerto. Una tesis se leyó y la grumete con honores, se graduó. Su capitana estuvo allí en todo momento, elogiando sus virtudes y premiando su esfuerzo. El afecto era mutuo y el logro compartido, pues la grumete sabía que bajo la tutela de cualquier otra persona, jamás habría llegado a puerto. Y en los agradecimientos del manuscrito, así lo hizo constar. Pero la historia no terminó ahí, pues la magnanimidad de la capitana era tal, que la instó a soltar al fin sus pájaros, ser fiel a su corazón y buscar a nuevos grumetes a los que guiar.
Querido abuelo IX
Querido abuelo, Hoy, después de casi un año, te escribo para contarte que siento un vacío grande en el estómago y en el corazón. Este año, d...
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