Mostrando entradas con la etiqueta abuelo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta abuelo. Mostrar todas las entradas

viernes, 17 de julio de 2026

Querido abuelo IX

Querido abuelo,

Hoy, después de casi un año, te escribo para contarte que siento un vacío grande en el estómago y en el corazón. Este año, de forma inesperada, conseguí pasar a la segunda fase de la oposición. Con las pocas fuerzas que me quedaban tras el curso, hice todo lo que pude a contrarreloj. Pero no fue suficiente. Yo, que creía que el doctorado me había hecho resiliente, acabo de descubrir que el proceso de oposición es, a nivel psicológico, aún más demoledor. En todo caso, abuelo, este curso aprendí una nueva lección.

Desde que el proceso empezó, llevo semanas sin conciliar el sueño; yo, que habitualmente duermo como un lirón. Ahora que por fin sé el resultado, te escribo con los ojos hinchados. Son lágrimas de alivio, pero también de agotamiento y decepción. Es duro caer en el último momento, abuelo. Quizás es preferible hacerlo antes y no tener que convivir con esta incertidumbre durante semanas. Ahora mismo, solo quiero olvidarme del asunto y de las preguntas de la gente. Necesito tiempo para integrar esta experiencia, que estoy segura me hará mejor docente. Como le digo a mis alumnas, hay segundas, terceras, infinitas oportunidades y yo, debo ser un ejemplo. No es fracaso, es aprendizaje.

Lo que ocurre, abuelo, es que este momento, en pleno bajón tras el estrés de estos días, pocas cosas me reconfortan. Escribirte, salir a pasear y hablar con las personas que, como yo, han pasado por el proceso. Creo que solo ellas pueden entender como me siento. Igual que cuando te fuiste, pensé que solo la familia podía entenderlo. Las personas que me quieren no son objetivas, para ellas pase lo que pase "soy una profe maravillosa". Esas personas que se ilusionan conmigo, pero cuyas expectativas frustradas, hacen que me sienta más ansiosa. Gracias que "Mari" me escucha, ella sabe de lo que habla; sus palabras son las únicas que me calman. Que gran fortuna la mía tenerla como hermana.

Pero como dice Albert Espinosa, toda pérdida es una ganancia y desde que te fuiste abuelo, en el trabajo siempre he sido afortunada. En estos años en los que estuve de aquí para allá, conocí a compañeras maravillosas, que habiendo pasado por lo mismo, comprenden a la perfección como me siento. A ellas, después de a la familia, quise comunicarles que no había superado esta prueba. Recibí mucho cariño y palabras de ánimo, de personas que me han acompañado y que valoran lo que hago. Y ahora me pregunto... ¿Cuál es el objetivo de todo esto? ¿Convertirse en funcionaria o seguir enseñando? Te prometo que lo seguiré haciendo con la misma ilusión de siempre. Solo necesito un tiempo para elaborar el duelo por esta oportunidad que se me ha escapado. 

Gracias por reconfortarme con tu recuerdo, te quiero.

Eva

lunes, 28 de julio de 2025

Querido abuelo VIII

Hoy hubieras cumplido cien años y somos muchos los que celebramos haber compartido la vida contigo. Aún recuerdo como si fuera ayer cuantas personas acudieron a tu despedida. Nunca olvidaré a aquel vecino que se me acercó y me dijo "era un santo varón", y es que todo el mundo en el barrio te quería. Tus "amiguiñas" de la panadería, las del supermercado y por supuesto, tu gente de toda la vida. Tenías una capacidad extraordinaria para hacer amigos, abuelo. Tenacidad, avidez de sabiduría, personalidad y sentido del humor; las cualidades de todo buen profesor. 

Tú, abuelo, tuviste varios trabajos antes de ser celador. De asistir al cura a trabajar en un taller mecánico. De ti aprendí que en la vida es necesario reinventarse y al profesorado, nos toca hacerlo cada año. Cambio de centro, de materias y alumnado. En tu época, hacías de todo en el hospital, desde poner inyecciones a asistir al forense. En el ámbito docente, esa versatilidad es muy necesaria. Además de preparar y dar clases, rellenar papeleo y en ocasiones, hacer de psicóloga de familias y alumnado. 

Tú, abuelo, nunca dejaste de ampliar tus conocimientos. Te gustaba mucho escuchar la radio, leer el periódico, hacer preguntas. Aprendías palabras nuevas gracias a tus famosas sopas de letras. Nada más importante para enseñar que interiorizar el hábito de aprender continuamente. Aunque creciste durante el franquismo, tenías una mentalidad muy abierta. Respetabas al extranjero, al homosexual, abrazabas la diferencia. Eso es la educación, abuelo, ser y enseñar a ser tolerante.

Tú, abuelo, tenías una personalidad marcada, pero también un toque de sinvergüencería. No te gustaba que la gente se metiera en tu vida y cuando no estabas de acuerdo con algo, lo decías. Todo el mundo opina sobre el trabajo docente y a veces nos toca hacer valer lo nuestro. También te gustaba gastar bromas y hacer comentarios políticamente incorrectos. De ti aprendí a honrar el error y desde el respeto, a decir siempre lo que pienso. En estos tiempos en los que educar es más complejo que nunca, en la escuela y en la vida, el humor es la única alternativa.

Pero si algo aprendí de ti, abuelo, es la importancia de ser humilde. Tú, que te criaste en la aldea y trabajaste en la ciudad, tratabas del mismo modo al campesino que al médico del hospital. En estos años de profesora me di cuenta que esa, es la cualidad más importante de un buen maestro. Ser consciente de que todo el mundo tiene algo que enseñar. No es mejor docente el de la universidad que el del instituto, el de Secundaria que el de Primaria o el que aprueba la oposición del que no. Esa virtud tan tuya, es la que hace que te recordemos eternamente y la responsable de que un buen profesor se quede grabado por siempre en el corazón.

Gracias abuelo por ser mi maestro a través del espacio y del tiempo.

Te quiero

martes, 31 de diciembre de 2024

Querido abuelo VII

Querido abuelo,

Un nuevo año termina y como tengo por costumbre, me gustaría compartir contigo como evoluciona mi sueño de ser docente. Casualidades de la vida, esta es la séptima carta que te escribo y este, mi séptimo curso trabajando de profesora. Te fuiste antes de que empezara este camino, abuelo, pero lo recorres a mi lado, sonriéndome a diario desde mi fondo de pantalla. No sabes la ilusión que me hace que me digan que me parezco a ti cuando descubren en mi ordenador nuestro retrato. 

Este curso me tocó algo que añoraba desde hace tiempo, abuelo, ser tutora. Con mucha ilusión y algo de vértigo, asumí el reto con una L a la espalda. Y tuve mucha suerte, pues me tocó una tutoría de adultas fantástica. Mis alumnas comprenden mi inexperiencia y cada día, aprendo algo nuevo de ellas. Son personas admirables, abuelo. La mayoría vuelven a estudiar después de años, compaginando los estudios con sus familias y su trabajo. Tú mejor que nadie sabes que si escogí la enseñanza media es porque me gusta el trato directo con el alumnado. Poder acompañar a este grupo me hace sentir privilegiada.

Además de la tutoría, tengo otra novedad que contarte, abuelo. En el centro en el que estoy este año el claustro es muy comprometido y se hacen muchas cosas. Es por eso que me siento como pez en el agua. No sabes qué alegría sentí cuando el equipo directivo aceptó mi propuesta de celebrar una jornada de voluntariado. Como no podía ser de otra forma, ese día hablé de ti, de cómo el voluntariado me ayudó a sobrellevar tu pérdida y de como desde entonces, esas experiencias transformaron mi vida. Porque como en otros muchos aspectos, en este también fuiste y eres fuente de inspiración.

No te voy a engañar abuelo, la tutoría tiene sus retos. Encontrar el equilibrio entre la comprensión de las circunstancias individuales y el buen funcionamiento de la clase en ocasiones, no es fácil. En personas adultas además, la casuística es más heterogénea. Como tutora, soy consciente de que mi  responsabilidad es abogar por el grupo ante el resto de profesorado, pero también llamarlo a filas cuando es necesario. Algo así como ser a la vez el poli bueno y el poli malo. Después de seis años como profesora rasa, llegó el momento de saltar de pantalla, abuelo. Gracias por ser mi combustible para seguir caminando.

Te quiero

sábado, 11 de septiembre de 2021

Querido abuelo II

Querido abuelo,

Hace un par de años que no te escribo, aunque todos los días me acuerdo de ti. En la última carta, te conté que había dejado la investigación para dedicarme a la docencia. Quién me iba a decir por aquel entonces que me tocaría dar clases en plena pandemia. Telemáticamente primero y presencialmente después, con cambio de colegio de por medio. Ahora, como siempre que empieza un nuevo curso, me siento perdida. Que bien me vendría un consejo tuyo a estas alturas de mi vida. 

En estos tres años he descubierto que enseñar es lo que realmente me hace feliz, abuelo. A veces, no puedo evitar pensar que en el pasado he perdido el tiempo. Qué habría ocurrido si después de terminar la carrera hubiese empezado a perseguir este sueño? Tendría hoy un puesto fijo de profesora? Eso, nunca lo sabremos. Lo que sé seguro es que el aprendizaje y las personas que conocí en ese tiempo merecieron la pena. Cuando me sobreviene la incertidumbre sobre mi carrera, pienso en ti abuelo; tú tuviste varios trabajos hasta entrar en la residencia y tu primer sueldo, fueron unas cuantas pesetas.

Siempre me decías que era una idealista cuando me quejaba por las injusticias. Ahora sé que tenías razón. Trabajar en lo que a uno le gusta es un privilegio del que gozan pocos. En estos años, me he dado cuenta de que un trabajo apasionante puede darle sentido a una vida. Por supuesto que hay más cosas, abuelo, pero a esto dedicamos un tercio de nuestro tiempo. Estoy convencida de que entenderías la frustración que siento. Tantos años de formación, con cambios de casa y salidas al extranjero y, como tantos jóvenes de mi generación, sigo buscando mi lugar en el mundo en estos momentos.

Estamos en una nueva crisis, abuelo. Son tiempos difíciles para todos, pero no más que los que te tocó vivir a ti, huérfano de padre en el franquismo. Quizás los jóvenes de ahora somos egoístas o como lo tuvimos todo, inconformistas, pero yo no quiero dedicar mi tiempo a algo que no me hace feliz, abuelo. No es que me sienta ni más ni menos que nadie, pero me niego a trabajar por cuatrocientos euros. Aspiro a algo más que a un trabajo que me dé sustento. Educar es mi elemento y aunque el camino sea difícil, no quiero renunciar a ese sueño. Pensar en ti me da fuerzas para ello.

Te quiero,

Eva

Querido abuelo IX

Querido abuelo, Hoy, después de casi un año, te escribo para contarte que siento un vacío grande en el estómago y en el corazón. Este año, d...