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jueves, 6 de mayo de 2021

SOS adolescentes

Que los adolescentes son un colectivo vulnerable a los problemas de salud mental es una cuestión harto conocida por familias y docentes. Que la fatiga pandémica se ha cebado especialmente con ellos, es un hecho contrastado por los que compartimos su día a día en las aulas. Muchas veces me cuestiono porqué ahora parece que los jóvenes tienen más problemas mentales que antes. Cuando yo iba al instituto, pocos niños o casi ninguno acudían a terapia con especialistas (al menos que yo tenga conocimiento); a día de hoy, las consultas de psicólogos infanto-juveniles están colapsadas de niños con déficit de atención e hiperactividad, trastornos de ansiedad, depresión y un montón de cosas más. 

A veces, creo que los niños de ahora no tienen la resiliencia de antaño. Quizás sea por haber sido criados entre algodones, les cuesta mucho afrontar los problemas y encajar los fracasos. Pueda derivarse esta actitud de la sobreprotección paterna, que impide a los hijos tropezar, en lugar de ayudarlos a levantarse. Este comportamiento se hace patente, por ejemplo, cuando el niño no pregunta al profesor, sino que es el padre o la madre el que envía un comunicado para decir que su retoño no ha entendido algo. Y así, a pesar de que vayan creciendo, los seguimos infantilizando. Pero este no es un problema exclusivo de los padres, sino que también los profes somos responsables, pues nos sorprendemos a nosotros mismos subrayando el libro de texto a estudiantes de dieciséis años, privándolos así de la capacidad de discernir lo importante.

Otras veces, pienso que los adolescentes de ahora se enfrentan a problemas más graves que los que teníamos antes, debido en gran parte al impacto de las redes sociales. La generación analógica ha dado paso a la generación tecnológica, que durante su primer año de vida ya aprende a manejar la tablet. Los niños, como los adultos, se vuelven esclavos de las pantallas, y su personalidad pasa a estar directamente influenciada por las redes sociales. Si aceptarse durante la pubertad ya es difícil de por sí, imitar los cánones actuales es peligroso a la par que inquietante. Los niños ya no aspiran a ser como sus padres o sus profesores, sino que quieren vivir de las redes como sus ídolos hacen. Moda y videojuegos, esas son sus prioridades. Si a todo esto sumamos la incertidumbre sobre a qué dedicarse, la imposibilidad de pasar tiempo con los amigos o la desmotivación provocada por la pandemia, bastante hacen los pobres con seguir adelante.

A la presión por encajar, característica de estas edades, hemos de añadir la presión por "ser perfectos", que algunos padres imponen a sus hijos. Sorprende enterarse como alguno que otro castiga a su hijo sin móvil por bajar del 9 al 8,75. En el otro extremo, están los que tras un curso entero de incidencias, aún no han decidido manifestarse. Lo social, lo de casa y desgraciadamente, el acoso virtual; porque si algo les importa a los chavales es lo que opinen sus iguales. Es aquí donde los móviles se convierten en armas con las que se hieren unos a otros profundamente. Cuando en mi época se metían con nosotros en el patio del colegio, teníamos donde refugiarnos, en la desconexión de nuestros hogares. Ahora, los adolescentes que sufren, no tienen lugar a donde escaparse, aunque siempre les quedará la escucha comprensiva y el abrazo amable de un profesional, de un profesor o de un padre. 

sábado, 2 de mayo de 2020

No hay ocaso para el acoso

Hoy, día mundial contra el acoso escolar, he leido en redes un relato estremecedor. Una adolescente confesaba su felicidad por estar confinada en casa y no tener que ir al colegio, donde estaba siendo acosada. En ese momento, me han venido a la cabeza otras muchas historias, incluida la mía propia. Por todos es bien sabido que la adolescencia es una etapa en la que la autoestima es extremadamente vulnerable y flaquea al mínimo embate de nuestros congéneres. No es fácil ser diferente y menos, en una época en la que lo que los otros piensen de nosotros, define en buena medida quienes somos.

Se ha hablado mucho estas semanas de los perjuicios del confinamiento en el desarrollo evolutivo de los adolescentes, ya que estos se nutren de las relaciones sociales. En estos tiempos, no han podido juntarse en los parques, charlar, hacerse fotos o elucubrar sobre sus amoríos. Tampoco han podido encontrarse en discotecas, en las que dar rienda suelta a sus ganas de experimentar. Y si bien una parte de los adolescentes, echarán todo lo anterior de menos, otra parte se sentirá en calma fuera del entorno escolar, donde lejos de la presión grupal, cada persona puede ser como quiera y hacer lo que le parezca.

Que niños y adolescentes están colmados de virtudes es una realidad, pero también lo es la crueldad que muchos manifiestan en ciertas ocasiones. Yo, como la mayoría de personas, fui objeto de burlas en mi época escolar. Primero en el colegio, por mi escasa altura y porque me gustaba jugar al fútbol con los niños. Por aquel entonces, los estereotipos de género ya hacían destrozos. Después en el instituto, porque no me gustaba ir de botellón, fumar o enrollarme con desconocidos. Por último, en la universidad, donde se suponía que lo que había que hacer los primeros años era desfasar en lugar de estudiar. Aun recuerdo como dejaba que me maquillasen para las fiestas, cuando yo lo detestaba.

Pasados los años, me siento afortunada porque nada de esto ha tenido consecuencias traumáticas en mi vida. Todas estas experiencias me han ayudado a reafirmarme en mis convicciones, a construir mi identidad y a afinar mi vista para con los adolescentes que puedan estar viviendo algo similar. Es cierto que a mí nunca me pegaron ni me insultaron abiertamente, lo que sentí fue exclusión social. Sin embargo, tal como han cambiado los tiempos y se ha agravado el acoso a través de Internet, me aterra pensar en las consecuencias que el acoso pueda tener en la vida de cualquier chavala o chaval.

Querido abuelo IX

Querido abuelo, Hoy, después de casi un año, te escribo para contarte que siento un vacío grande en el estómago y en el corazón. Este año, d...