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domingo, 18 de junio de 2023

Buenas y no mejores amigas

Tengo que confesaros que siento verdadera admiración por aquellas personas que conservan a sus amigas de la infancia. Desde el colegio, aún separadas en la universidad, hay amigas que son capaces de mantener el contacto y reencontrarse después de años, muchas veces convertidas en madres. Esas amigas que compartían sueños en el instituto y de adultas, siguen compartiendo vida. Esas amigas, que gracias al esfuerzo de ambas partes, han conseguido un vínculo inquebrantable. Es algo mágico.

De adolescente, tuve una mejor amiga. En aquel tiempo, ella era todo para mí. Nos pasábamos el día juntas; una en casa de la otra, éramos uña y carne. Fueron muchas las veces que nos juramos amor eterno; lo escribimos en nuestras carpetas, jamás nos enfadamos. Ella tenía un carácter fuerte; yo, no tanto. Pero hacíamos un tándem perfecto, nos defendíamos mutuamente y nos creímos inseparables. Supongo que estábamos cegadas por el amor que nos profesábamos y éramos incapaces de ver nuestros respectivos defectos. Nos costaba decirnos abiertamente que nos habíamos hecho daño. No creo que ninguna fuera culpable, ambas lo dejamos pasar y no pudimos resistir el paso del tiempo. 

De adulta, tuve la suerte de tener varias "mejores" amigas. Comprendí que las amigas de verdad no requieren esa exclusividad superlativa. Ni mejores ni peores, simplemente, buenas amigas. Al igual que en la infancia, esas amigas nacieron de circunstancias comunes; misma carrera, mismo trabajo. Compartimos tiempo y espacio, siendo conscientes de que las circunstancias de ambas en un futuro, cambiarían. Exprimimos al máximo esas épocas juntas y tuvimos también nuestras desavenencias. Teníamos ya un carácter forjado, éramos muy parecidas en algunas cosas y en otras, muy diferentes. Nunca nos cegó el amor, siempre tuvimos la confianza suficiente para hablar de nuestros defectos. Hubo momentos en que nos reconocimos que nos habíamos hecho daño, pero ambas pusimos de nuestra parte y conseguimos resistir el paso del tiempo.

Hay personas que pueden construir amistades incondicionales ya desde la adolescencia. Cuando miro a mi alrededor, me doy cuenta de que estas personas tienen ciertas cualidades en común: sólidos valores, una gran madurez, un amplio sentido del deber y la responsabilidad y una generosidad sin límites. Otras personas, entre las que me incluyo, necesitamos encontrarnos a nosotras mismas para poder construir amistades incondicionales. Afortunadas las que tenemos esas amigas de referencia a nuestro lado.

lunes, 25 de enero de 2021

El alquimista de sueños

Solo mencionar su nombre, se hacía el silencio en el aula. Cuando atravesaba los pasillos del instituto con su bata blanca, todo el mundo se callaba. Era mucha la autoridad que aquel hombre ostentaba. Su físico, imponente, su semblante permanentemente serio y su mirada, su mirada te atravesaba. Conocido en toda la ciudad, nadie como él preparaba la Química para Selectividad. Al principio, los alumnos nos sentíamos intimidados por su voz profunda, sus grandes gafas y sus casi dos metros de altura. Con el tiempo, el temor se convirtió en admiración hacia aquel hombre que no sólo nos preparaba para un examen, sino también para la universidad, para la vida.

El profesor de Química fue de las primeras personas del instituto en tratarnos como adultos. Se dirigía a nosotros de usted, nos hacía tomar apuntes en folios y colgaba las notas de los exámenes en el tablón de clase. Si queríamos saber nuestros errores forzosamente teníamos que acudir a su despacho, donde no solo te explicaba en qué habías fallado, sino que también te hacía reflexionar sobre la importancia de competir contigo mismo. En el aula, sus lecciones eran magistrales, boquiabiertos nos quedábamos oyéndolo hablar de estequiometría, de termodinámica, de entropía. En el laboratorio, nos descubrió el maravilloso mundo de las reacciones químicas, con pequeñas explosiones y cambio de colores.

Nunca olvidaré cuando nos encargó construir una red cristalina con palillos y plastilina. Cuando le hacíamos entrega de nuestra pequeña obra de arte, él se la llevaba al laboratorio sin decir nada. Un buen día, apareció con una inmensa estructura de redes cristalinas. Me lo imaginé montando la figura, haciendo encaje de bolillos con sus inmensas manos. Aquel día, yo estaba en primera fila. Cual fue mi sorpresa, cuando sacó un martillo de debajo de la mesa y golpeó la estructura con mano certera, saliendo los palillos y la plastilina disparados. Atónitos estábamos cuando él pronunció solemnemente la frase "acabamos de demostrar la fragilidad de los cristales". Quince años después, sigo recordando la fragilidad del enlace y el tremendo susto que me llevé al descubrirlo. 

Como alumna, nunca se me dio por pensar en él como padre de familia, hasta el día que lo vi por la calle, paseando con su hijo. Es curioso lo que nos cuesta pensar en que los profesores tengan una vida fuera del colegio, como si no fuesen personas de carne y hueso. Vestido de calle, en compañía de su familia, ya no me daba miedo, era un ser humano normal y corriente, con problemas como todos. Desde aquel día, no lo volví a ver con los mismos ojos. Es cierto que era un profesor muy exigente, pero nos exigía porque amaba su profesión y quería lo mejor para nosotros. Su único deseo era que todos sus alumnos consiguiésemos la nota que daba acceso a nuestros sueños. Pasados unos años, volvimos al instituto a agradecerle lo que había hecho por nosotros. Larga vida a los maestros.

Querido abuelo IX

Querido abuelo, Hoy, después de casi un año, te escribo para contarte que siento un vacío grande en el estómago y en el corazón. Este año, d...