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miércoles, 12 de agosto de 2020

Alternativas docentes en tiempos de COVID

A un mes de la vuelta al cole, la incertidumbre en la comunidad educativa es total a causa de la pandemia. Tras un final de curso atípico, uno nuevo está a punto de empezar en ausencia de una normativa sólida que garantice la seguridad de alumnado y profesorado. Y es que el sector educativo, como otros tantos basados en la relación persona a persona, están sufriendo las graves consecuencias de la crisis sanitaria. Por este motivo, las opciones de trabajo del profesorado se han visto claramente mermadas. Analicemos los distintos sectores educativos al margen de la función pública y sus dificultades de cara al próximo curso. 

En primer lugar, estarían los colegios privados-concertados. Ante la perspectiva de tener que combinar enseñanza presencial y telemática en el próximo curso, estos colegios optarían por ampliar jornada a los profesores en nómina en lugar de contratar más personal para asumir la docencia de las distintas asignaturas. Además, muchos centros se han visto obligados a realizar reformas para cumplir con las medidas sanitarias, reduciéndose así los presupuestos para contratación. Por este motivo, resultaría difícil hacerse un hueco en el equipo docente de estos centros durante el próximo curso.

En segundo lugar, estarían las academias. Muchas de ellas han tenido que cerrar a causa de la crisis y las que subsisten, lo hacen con el personal justo. La respuesta más repetida es "lo siento, pero dadas las circunstancias, no podemos ofrecerte un puesto de trabajo". Las academias, cuyos locales suelen ser  reducidos, se enfrentan a un gran desafío para poder mantener la distancia de seguridad en las aulas. Algunas se plantean pasarse a la docencia on line, muchas penden de un hilo, a la espera de lo que ocurra el próximo curso.

En tercer lugar, estarían las clases particulares. En este sector, se trataría de vencer la resistencia de muchas familias a abrir las puertas de su hogar a un extraño, con los riesgos que esto conlleva. Impartir particulares a distancia y explicar ecuaciones con la mascarilla puesta sin poder tocar siquiera la libreta del alumno, me parecen tareas fáciles para un superhéroe pero no para un profesor normal y corriente. 

La alternativa a estas opciones, sería por tanto la docencia on line. Son muchos los profesores que, por su propia cuenta, se han hecho famosos en Youtube, haciendo de sus vídeos una forma de subsistencia. Por otra parte, son abundantes las ofertas de empresas dedicadas a la teleformación, cuyos anuncios proliferan en portales como LinkedIn, Infojobs o Infoempleo. Estas empresas reclutan profesorado para sus cursos virtuales, lo que actualmente constituiría una opción viable para profesores desempleados.

Por último y no menos importante, estaría la opción del voluntariado educativo, ya sea en tu propia ciudad o en el extranjero. Obviamente, se trata de una actividad no remunerada, que posiblemente habría que combinar con otra fuente de ingresos. En portales como hacesfalta.org, se pueden encontrar diversas ofertas de voluntariado internacional en el ámbito educativo. Esta opción estaría condicionada a las restricciones de viajes a causa de la pandemia, pero, sin lugar a dudas, podría ser la más gratificante a nivel personal. 

miércoles, 22 de abril de 2020

Diario de un profesor teletrabajador

Son las 8.30- 09.00 a.m. Me levanto pensando en las tareas de hoy. Algunos días, incluso sueño con ellas; o no duermo dándole vueltas a qué les pediré. Desayuno viendo el informativo y enciendo el ordenador. Aluvión de correos recibidos después de las 9 p.m., hora en la que tengo por costumbre, apagar el ordenador. Envío las tareas programadas por partida doble: por la plataforma para los alumnos y comunicado a las familias. En algunos casos, las mando también a emails personales, después de pasar un rato buceando en la bandeja de entrada en la búsqueda de la dirección.

Reviso la entrega de tareas en la plataforma. Intento hacer comentarios personalizados a cada alumno. Parezco una penitente al repetir setenta veces lo mismo. Felicito a los que trabajan. Estiro el cuello para ver las fotos giradas. Registro quien ha entregado y quien no en la hoja de seguimiento. Abro de nuevo la plataforma para informar a padres. Soy como el fisco. Recibo justificaciones varias de los retrasos en la entregas. Hay quien no se maneja con las herramientas informáticas, quien no tiene buen acceso a Internet, quien no se ha organizado bien o quien se ha tomado vacaciones. Dan las 13.00-13.30 p.m. y dejo el ordenador para preparar la comida. La pantalla queda en suspensión, pero el móvil, en el que también he instalado la aplicación, sigue vibrando.

Veo un capítulo de una serie para hacer la digestión y vuelvo al ordenador. Son las 15.30-16.00 pm. En el intervalo de dos horas, ya me han entrado unos quince o veinte correos más. Gracias a dios, muchos son notificaciones de entrega de tareas. No preguntan nada pero hay que confirmar recepción. Con el correo siempre abierto, redacto las próximas tareas y fijo videoconferencias. Aviso a los alumnos de que miren su buzón, al que les llegará la invitación. En la pestaña del email, aparece un uno entre paréntesis (1). Pasa la tarde y hago pequeñas paradas para estirarme, leer un rato, hablar con mi madre. Suena una bocina en la calle, son las 8 p.m. y es hora del aplauso.

Son las 08.05 pm y toca hacer un último chequeo de tareas antes de cenar. Muchos las envían a estas horas. Me pregunto si el trabajo que mando es el adecuado. Algunos las envían al poco de subirlas, otros cinco minutos antes de concluir el plazo. Imposible calibrarlo. Me doy cuenta de que a muchos alumnos  les cuesta organizarse. Dudo si es bueno o malo marcarles plazos. Sin fechas de entrega se dispersan y con ellas, se estresan; es un hecho probado. Me pican los ojos y a eso de las 09.00 p.m., después de doce horas encendido, apago el ordenador. Ceno, veo un poco la tele y me voy temprano a cama, que mañana toca videollamada.

sábado, 18 de abril de 2020

Alumnos coronados

En las últimas semanas, las dificultades de aprendizaje de muchos alumnos se han visto acrecentadas por la telenseñanza. La falta de acceso a medios infórmaticos o el desconocimiento de como utilizarlos han sido los principales obstáculos a los que el alumnado ha debido enfrentarse para seguir en contacto con profesores y escuela. A pesar de lo antinatural que pueda resultar el confinamiento en la infancia-adolescencia, hay un pequeño-gran grupo de alumnos para los que la reclusión está siendo positiva en términos de aprendizaje. Supongo que como salir no se puede, lo que queda es cultivarse.

En primer lugar, están los alumnos diagnosticados de déficit de atención e hiperactividad, a los que les cuesta mucho concentrarse en el aula. Rodeados como están de los compañeros, cualquier cosa les resulta más interesante que lo que sucede en la pizarra. Se distraen ellos y distraen a los demás. Trabajar en casa, de manera individual, bajo la supervisión de un familiar se traduce en una mejora sustancial del rendimiento académico, ya que estos niños están siendo atendidos en sus hogares como lo haría un profesor de pedagogía terapéutica en el aula.

En segundo lugar, están los alumnos que tienen por costumbre ser los más graciosos de la clase. En ausencia de sus congéneres, el gasto de recursos cerebrales se limita a la realización de las tareas escolares. No tienen profesores a los que desafiar ni público que se ría de sus chistes, así que el tiempo que invierten en hacerse notar en el aula, lo emplean ahora en trabajar vía telemática.

En tercer lugar, están los alumnos que, al no tener claras sus prioridades, se dejan llevar por las malas influencias. En esta categoría, se incluyen aquellos alumnos que suelen rondar al malote de turno, en muchos casos, algún repetidor. En el entorno del aula, estos alumnos se compinchan con el jefe de la banda para boicotear al profesor y una vez más, intentar hacer la gracia. En el entorno doméstico, lejos del alumno instigador, trabajan de manera más que satisfactoria. 

Finalmente, están los alumnos que se esfuerzan en atender en clase pero no consiguen seguir al profesor debido a las interferencias que los grupos anteriores generan en el aula. Así, en una clase virtual, donde cada uno está en su casa, el canal de comunicación está lo suficientemente limpio como para que la comprensión sea más fácil. En estas circunstancias atípicas, incertidumbre aparte, nuestros alumnos se están "coronando", demostrando capacidad de adaptación, esfuerzo y una paciencia de la que creíamos que carecían. Esa es la lección más importante del año.

sábado, 4 de abril de 2020

21 días después

Aquel jueves 12 de marzo, empecé mi jornada laboral con total normalidad. Ya hacía días que se habían implantado en el colegio las medidas higiénicas de prevención del coronavirus. Había papel y jaboneras en todos los baños de alumnos y los profesores teníamos gel hidroalcohólico a libre disposición. Incluso había niños que acudían a clases con su propio bote de alcohol y se desinfectaban las manos a cada rato, hasta tenerlas secas y agrietadas. Así, los miembros de la comunidad educativa vivíamos en una especie de calma tensa, hasta que a la una del mediodía de ese jueves, compareció en los medios el presidente de la Xunta y todo cambió.

La noticia de la suspensión de las clases me la dio una compañera en la sala de profesores. No nos habían proporcionado ninguna información previa, así que como el resto, nos enteramos por la prensa. Cinco minutos después, tenía clase con un grupo de alumnos un tanto problemático; la noticia me pilló tan de sorpresa que lo único que pensaba era, "ojalá aún no se hayan enterado". Pero los alumnos aprovechan los cambios de clase para mirar el móvil y cuando subí al primer piso, el bullicio era generalizado. Se escuchaban gritos en los pasillos, aquello parecía un auténtico motín carcelario. Y yo, debido a mi corta experiencia docente, no me veía preparada para afrontar la situación.

En cuanto atravesé la puerta del aula, los alumnos me bombardearon con un sinfín de preguntas. Y digo bombardear, porque literalmente aquello parecía la guerra. Los chavales estaban ansiosos de una información que por aquel entonces, no podía darles. No existían precedentes de nada similar, ni en su vida, ni en la mía. No había protocolo alguno que aplicar. Intenté mantener la calma en mitad de aquella angustia, escuchar a los alumnos y una vez manifestadas sus preocupaciones, retomar la clase. No sabía si hacía bien o mal. Por un lado, quería dejar que se desahogasen, por el otro, evitar que cundiese el pánico. Fue imposible, así que decidí ir a buscar al tutor del grupo para que me ayudase a tranquilizarlos. Después de eso, más o menos pude seguir con la explicación. Cuando me fui del colegio, el portero estaba desbordado, porque el teléfono no dejaba de sonar.

El día después, que por cierto era viernes 13, empezamos a vivir una auténtica película de ciencia ficción. El colegio estaba practicamente vacío, la mayoría de familias, no había enviado a los niños a clase. Los profesores, entre guardia y guardia, nos reunimos para discutir el protocolo de actuación. Afloraron en el claustro numerosas preocupaciones ante la alternativa del teletrabajo, que básicamente se resumían en dos: niños sin ordenador y profesores sin competencia digital. Sin tener muy claro lo que íbamos a hacer, dejando cada materia a criterio del profesor, nos fuimos de fin de semana. Hicimos en domingo una videoconferencia de urgencia y al día siguiente, la locura de la telenseñanza empezó.
Creo que nunca había tenido la vista tan cansada como durante estas tres semanas, en las que he pasado practicamente doce horas al día conectada al ordenador. Intentar dar atención personalizada a casi ciento cincuenta alumnos y familias es una ardua labor telemática. Crear contenidos, enviar comunicados, responder correos y atender vídeollamadas; esa ha sido mi rutina diaria. He tenido frecuentes dolores de cabeza, contracturas cervicales y los ojos irritados. Sin embargo, no todo es malo, pues en estos días aciagos, he recibido numerosos mensajes de reconocimiento de mi trabajo, palabras de aliento de muchos padres y madres y el cariño y agradecimiento de mis alumnos, a los que espero volver a ver en las aulas más pronto que tarde.

viernes, 27 de marzo de 2020

Prestidigitadores de la enseñanza

Nadie dijo que ser profesor fuese fácil y más en la incierta situación que estamos viviendo; en estos tiempos, en los que todo el mundo es político/epidemiólogo, en los que tenemos por costumbre opinar sobre el trabajo de otros. Pero a eso, los profes ya estamos acostumbrados; ser docente es como entrar en Gran Hermano, si entras, sabes que te van a criticar, que tu "concurso" va a ser juzgado. Los profesores, como todo hijo de vecino, nos equivocamos, pero siempre hacemos lo que creemos que es mejor para nuestros alumnos. Eso, todo tengo que decirlo, no nos lo niega nadie.

En estos momentos, los profesores estamos en medio de las familias y la Administración. Por un lado, esta última nos requiere dar parte de los contenidos que estamos trabajando. Veo lógico que haya que rendir cuentas a inspección, pero quizás ahora eso no sea lo prioritario. Por otro lado, las familias están expectantes, deseosas de recibir información sobre las materias y el futuro del curso, una información que aun no podemos darles. Y en el medio estamos los profesores, reprogramando nuestras clases, intentando sortear los obstáculos de la era digital y corroborando que, desgraciadamente, a este nivel existen desigualdades.

¿Cual es entonces la manera idónea de proceder en este caso? ¿Avanzar en el temario dejando atrás al alumnado que no dispone de medios informáticos o poner punto y aparte a nuestra programación impidiendo que los que quieran aprender avancen? Porque si ya es difícil atender a las necesidades individuales de cada alumno/a en el aula, hacerlo a través de Internet, sin poder mirarlos a los ojos, es practicamente imposible. Lo único  que podemos hacer es probar distintas estrategias y ver como la mayoría responde. Porque hagamos lo que hagamos, nada sustituye el contacto alumno-profesor.

Recuerdo que cuando estudiaba y me ponía frente a un determinado tema, si había asistido a clase, si había escuchado atentamente la explicación del profesor, apenas tardaba en memorizarlo. Era abrir los apuntes y se obraba la magia. La magia de aquel/aquella que había hecho hincapié en los aspectos más importantes, que había desgranado el contenido en pequeñas partes y que, fruto de su sabiduría y experiencia, había anticipado aquellos aspectos que nos iban a resultar más complicados. Es por eso que creo que por muchos videotutoriales que haya en Youtube, ninguno es mejor que el profesor que te conoce, que sabe de tus capacidades y que a diario está a tu lado.

sábado, 21 de marzo de 2020

Enseñar en tiempos de coronavirus

Ha pasado ya una semana desde que se decretó la suspensión de las clases en los centros escolares. A pesar de haber tomado las medidas de higiene necesarias en las semanas previas, a la comunidad educativa, este suceso nos pilló desprevenidos, a alumnos, familias y profesores. Teniendo en cuenta como la noticia se hizo pública (en horario escolar), fuimos los profesores que estabamos en el aula, los que tuvimos que dar la cara ante un alumnado confuso, asustado pero también lleno de júbilo, pues para una gran parte de adolescentes, el confinamiento venía a ser sinónimo de vacaciones.

En estas circunstancias excepcionales, a los profesores nos tocó replantearnos nuestra actividad docente para al menos quince días. Elaborar materiales didácticos lleva tiempo, tiempo del que no disponíamos al tener que dar respuesta a las familias, obligadas también a cambiar su rutina. Así, nos reunimos virtualmente en fin de semana, pegados al teléfono y al ordenador, discutiendo cual sería la mejor opción, ya que la "telenseñanza" no es tan sencilla de llevar a la práctica como otros tipos de teletrabajo. Si bien en cursos superiores, el alumnado está acostumbrado a trabajar con la plataforma; en cursos inferiores, el hecho de recordar el usuario y la clave de acceso constituye un desafío en sí mismo. Y es que los niños y niñas no están acostumbrados a trabajar con estas herramientas.

Por nuestra parte, los profesores intentamos seguir con la programación de la materia, pues en estas circunstancias, la escuela ha de ser para nuestros niños el factor normalizador de su rutina, un terreno conocido al que aferrarse. Cierto es que no van al colegio, pero no por ello, dejan de seguir aprendiendo. Y es que en el ámbito educativo, lo importante es no perder los buenos hábitos. A la vista está lo que sucede tras el verano, que la mayoría han olvidado la práctica totalidad de lo estudiado. Esto sucede porque el aprendizaje sigue siendo memorístico y no significativo.

En el intento de que el alumnado desarrolle su capacidad investigadora de forma autónoma, les propuse a mis alumnos de 2 ESO una serie de tareas relacionadas con las energías. Estas tareas incluyen interpretación de gráficas sobre consumo eléctrico, visualización de vídeos sobre energías renovables, búsquedas de información sobre centrales nucleares y por supuesto, el caso de Chernobyl, lo primero que mencionan ellos al oir las palabras "energía nuclear". Quizás sea un desafío para ellos este tipo de trabajo, quizás no sea el momento adecuado, quizás requieran ayuda de sus padres, quizás estos no estén dispuestos a dársela. Yo estoy convencida de tres cosas: de que son capaces, de que todo momento es bueno para hacer ciencia y de que ocultar la realidad a los chavales es contraproducente, pues en el mundo también suceden catástrofes.

Querido abuelo IX

Querido abuelo, Hoy, después de casi un año, te escribo para contarte que siento un vacío grande en el estómago y en el corazón. Este año, d...