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miércoles, 6 de julio de 2022

La transmutación de la amistad

Aún recuerdo como si fuese ayer, aquellos días de instituto en los que nos firmábamos las carpetas unas a otras, declarándonos inseparables. Con diecisiete años, creíamos que siempre estaríamos juntas, que la distancia no podría con la amistad que alimentábamos a diario. En aquella época, nos separábamos únicamente unos días en vacaciones y a pesar de no tener móviles, siempre estábamos en contacto. Vivíamos felices, sin otras preocupaciones que los estudios y nuestras propias relaciones. Convertíamos nuestros desencuentros en auténticos dramas y al reconciliarnos, nos volvíamos a jurar fidelidad eterna.

Llegó el momento de irnos a la universidad, cambiar de ciudad y de repente, nuestros caminos se separaron. Intentamos mantener lo que teníamos, mas no fuimos capaces. Quizás alguna se esforzó más; quizás todas dejamos que se enfriase. En su momento, nos costó entender que no había inocentes ni culpables, que la vida es así y que la primera lección de la amistad y quizás la más importante, es que en muchas ocasiones, es circunstancial y dura un tiempo determinado. A estas amistades, de las que quizás solo tenemos noticias por redes sociales, las recordamos con la nostalgia y el cariño propios de la infancia. 

Tras quince años de escuela, en los que nuestra personalidad se diluía en la del grupo del que formábamos parte, teníamos la oportunidad de mostrarnos como personas nuevas: libres de roles, prejuicios o traumas. A algunas, nos llevó tiempo desvincularnos de esa idea romántica que teníamos de la amistad; de hecho, nuestras primeras relaciones en la universidad perpetuaban patrones del pasado. Con los años y las experiencias vividas, aprendimos a establecer amistades maduras: esas que nacen de intereses comunes, desde la independencia emocional y sin mayores expectativas. Quizás sean estas amistades, que nos acompañaron en el tránsito a la edad adulta, con las que sigamos compartiendo nuestra vida futura.

Finalmente, llega el momento de incorporarse al mundo laboral y asumir responsabilidades ajenas a nuestra antigua vida de estudiante. En esta etapa, tomamos consciencia de la falta de tiempo para cultivar la amistad, más allá de la familia y el trabajo. Si de adolescentes nos veíamos a diario, ahora lo hacemos una vez al año. Sin embargo, la calidad del tiempo que pasamos juntas prima sobre la cantidad. La amistad adquiere una nueva dimensión; se fundamenta en el deseo sincero de que la otra persona sea feliz, aún estando lejos o hablando muy de vez en cuando. Ya no se trata tanto de compartir, como de sentir que la otra persona está a nuestro lado en los momentos importantes. Esa, es la AMISTAD con mayúsculas, la amistad evolucionada. 

martes, 5 de enero de 2021

Un paseo por la ESO

Sin lugar a la dudas, la etapa que va de los doce a los dieciséis años es una de las más importantes en la vida de las personas. Dicen los expertos que en este período es cuando el cerebro cambia más, miles de conexiones neuronales se destruyen y otras tantas se forman. El sistema nervioso está en plena ebullición. Esto se traduce en una extraordinaria capacidad para aprender y asimilar nuevos conceptos, así como una gran facilidad para distraerse y olvidar lo importante. Todo ello, entre cambios de humor e intentos de forjar una personalidad. Ninguna otra época de la vida es tan trepidante como convulsa.

En 1 de ESO, los alumnos aún mantienen la inocencia de la Primaria. A esta edad, aún hablan de sus padres y de que se van a pedir un telescopio en Navidades. El profesor es una figura que despierta admiración. Como docentes, resulta fácil sorprenderlos y están altamente motivados para aprender. A priori, les asustan las actividades libres, pues están acostumbrados a trabajar de forma muy pautada. Son muy participativos y por lo general, trabajadores. Sus principales problemas radican en la comprensión lectora, siendo este un aspecto muy importante a trabajar  en el aula. El principal caballo de batalla es que aprendan a llevar su agenda y que hagan los exámenes a boli y no a lápiz. 

En 2 y 3 de ESO, los alumnos sufren una especie de "enajenación mental transitoria" o en lenguaje común, edad del pavo. A esta edad, su prioridad son los salseos, los amigos y las redes sociales. Salvo excepciones, el profesor es una figura que despierta animadversión. En estos cursos, es frecuente que diseñemos actividades a nuestro parecer interesantes, que obtienen la más absoluta indiferencia en el aula. La participación es muy inferior que en el curso precedente, influenciada ya por ese agudo sentido del ridículo que desarrollan los adolescentes. Lo más difícil a este nivel es motivarlos y que se pongan a a trabajar cuando la charla y el bullicio son mucho más interesantes. Ahora bien, si se ponen, sus resultados son fascinantes.

En 4 de ESO, los alumnos empiezan a mostrar signos de madurez, siendo posible establecer con ellos una relación similar al Bachillerato. A esta edad, los chavales ya empiezan a pensar qué quieren hacer en un futuro y suelen estar más centrados en los estudios, pendientes de conseguir el ansiado título. El profesor puede incluso erigirse en referente profesional. En este curso, es posible llevar a cabo otro tipo de actividades, como los debates, ya que los alumnos ya no tienen miedo de expresarse delante de sus compañeros. Como sucedía en el primer curso, la participación es alta e incluso surgen cuestiones fuera del temario. Con dieciséis años, los ánimos están más calmados y es posible el diálogo. 

La ESO es una montaña rusa de experiencias y emociones, donde tiene lugar el tránsito a la vida adulta, donde surgen las pasiones y los primeros amores. Cuando un día es el más alegre y el otro, el más triste. Es en este período cando empiezan a asomar las vocaciones y cuando los docentes nos enfrentamos a los desafíos más duros de nuestra profesión, pero también los más estimulantes. Esos que no se borran, que permanecen en la memoria a pesar de los años.

sábado, 2 de mayo de 2020

No hay ocaso para el acoso

Hoy, día mundial contra el acoso escolar, he leido en redes un relato estremecedor. Una adolescente confesaba su felicidad por estar confinada en casa y no tener que ir al colegio, donde estaba siendo acosada. En ese momento, me han venido a la cabeza otras muchas historias, incluida la mía propia. Por todos es bien sabido que la adolescencia es una etapa en la que la autoestima es extremadamente vulnerable y flaquea al mínimo embate de nuestros congéneres. No es fácil ser diferente y menos, en una época en la que lo que los otros piensen de nosotros, define en buena medida quienes somos.

Se ha hablado mucho estas semanas de los perjuicios del confinamiento en el desarrollo evolutivo de los adolescentes, ya que estos se nutren de las relaciones sociales. En estos tiempos, no han podido juntarse en los parques, charlar, hacerse fotos o elucubrar sobre sus amoríos. Tampoco han podido encontrarse en discotecas, en las que dar rienda suelta a sus ganas de experimentar. Y si bien una parte de los adolescentes, echarán todo lo anterior de menos, otra parte se sentirá en calma fuera del entorno escolar, donde lejos de la presión grupal, cada persona puede ser como quiera y hacer lo que le parezca.

Que niños y adolescentes están colmados de virtudes es una realidad, pero también lo es la crueldad que muchos manifiestan en ciertas ocasiones. Yo, como la mayoría de personas, fui objeto de burlas en mi época escolar. Primero en el colegio, por mi escasa altura y porque me gustaba jugar al fútbol con los niños. Por aquel entonces, los estereotipos de género ya hacían destrozos. Después en el instituto, porque no me gustaba ir de botellón, fumar o enrollarme con desconocidos. Por último, en la universidad, donde se suponía que lo que había que hacer los primeros años era desfasar en lugar de estudiar. Aun recuerdo como dejaba que me maquillasen para las fiestas, cuando yo lo detestaba.

Pasados los años, me siento afortunada porque nada de esto ha tenido consecuencias traumáticas en mi vida. Todas estas experiencias me han ayudado a reafirmarme en mis convicciones, a construir mi identidad y a afinar mi vista para con los adolescentes que puedan estar viviendo algo similar. Es cierto que a mí nunca me pegaron ni me insultaron abiertamente, lo que sentí fue exclusión social. Sin embargo, tal como han cambiado los tiempos y se ha agravado el acoso a través de Internet, me aterra pensar en las consecuencias que el acoso pueda tener en la vida de cualquier chavala o chaval.

martes, 19 de noviembre de 2019

Tipologías de alumnado

Aunque la docencia ha cambiado mucho en los últimos tiempos, hay cosas que permanecen inalterables. Perfiles de alumnos que se repiten año tras año. En mi época estudiantil, yo era una niña educada, que sacaba buenas notas, a la que le gustaba participar en clase cuando tenía oportunidad. Aunque me adscribieron al club de los chapones, nunca me sentí discriminada, al contrario, siempre tuve una ajetreada vida social. En adelante, os presento algunos perfiles más. 

EL REPETIDOR. Dícese de aquel alumno que pasa de todo, deja los exámenes en blanco y ni se molesta en abrir el libro. Se dedica fundamentalmente a observar desde el fondo del aula y cuando se aburre, a molestar. Desafiar al profesor es, a menudo, su mejor pasatiempo. Se esfuerza por ser el más malote del lugar.

EL LISTO. Dícese de aquel alumno que apenas trabaja y en los exámenes obtiene buenos resultados. Confía en su capacidad y la acompaña de una vagancia singular. Hablando de estudiar, menos es más. Su estrategia es como el secreto de la masa de la pizza, está por dilucidar.

EL ABANDERADO. Dícese de aquel alumno que se erige en líder del grupo por tener una madurez atípica para su edad. Abogado de las causas perdidas, manifestará su descontento con el sistema cada vez que tenga oportunidad. Posible delegado de clase con posibilidades de llegar a ministro.

EL CULO INQUIETO. Dícese de aquel alumno bautizado actualmente como hiperactivo. Le cuesta permanecer sentado, su afición es lanzar objetos en el aula y siempre quiere salir al encerado, ir a afilar, tirar algo a la papelera, hacer fotocopias, etc. Día sí, día no, se cae de la silla.

EL EJEMPLAR. Dícese de aquel alumno que trabaja, saca buenas notas y tiene una actitud excepcional. Plantea preguntas interesantes que suponen retos para el profesorado. Se disculpa ante el profesor por el mal comportamiento del resto. Muchos de sus compañeros le quieren y admiran.

EL NOTITIS. Dícese de aquel alumno que vive obsesionado con ser el mejor de la clase. No le llega el sobresaliente, necesita la matrícula de honor. Trabaja, saca buenas notas pero a diferencia del alumno ejemplar, suele contar con la animadversión de sus compañeros debido a su pedantería.

EL MÚSICO/DEPORTISTA. Dícese de aquel alumno que combina la enseñanza secundaria con la práctica de algún deporte o instrumento musical. En apariencia caótico, pero en realidad ordenado; es capaz de gestionar su tiempo de manera singular.

EL SOBRAO. Dícese de aquel alumno que alardea de sus buenos resultados y del poco tiempo dedicado a obtenerlos. Acompaña su comportamiento con actitud corporal, girado hacia atrás en su pupitre. El que estudia el día anterior porque le resulta "chupao".

EL INADAPTADO. Dícese de aquel alumno que se siente permanentemente incomprendido, fuera de lugar. No sucumbe a la presión del grupo, se reafirma en su personalidad. En ocasiones, puede rebelarse contra el mundo manifestando su opinión de manera firme; en otras, se echa a llorar.

EL GRACIOSILLO. Dícese de aquel alumno que tiene una broma/chiste para cada ocasión. Cuenta con el beneplácito del grupo y la cara de póquer del profesor. A falta de estudio, tiene futuro como comediante.

EL ANÓNIMO.  Dícese de aquel alumno que mantiene un perfil bajo sin hacerse notar. Solo participa cuando se le interpela de forma directa. Sus resultados pueden ser buenos o malos. Jamás protestan, tampoco molestan.

lunes, 28 de octubre de 2019

Enseñar a quien no quiere aprender

Uno de los principales hándicaps de enseñar en Secundaria es que en no pocas ocasiones, el alumnado no tiene el mínimo interés en aprender. La juventud está completamente desmotivada y es difícil descubrir sus centros de interés. No es que no les guste una materia, es que no les gusta ninguna. Muchos se dedican de forma exclusiva a ver la vida pasar, agotando al sistema hasta que cumplen la edad necesaria para irse a la FP básica. Pasan los años, no aprueban ninguna pero pasan de curso por imperativo legal. Y así se perpetua el fracaso escolar.

En mi corta carrera docente, he dado clases en la Universidad y también particulares a domicilio. La diferencia con la enseñanza en Secundaria es abismal. En el primer caso, el alumnado supera los dieciocho años y ha escogido una carrera de forma vocacional. En el segundo, el docente tiene un único alumno, que por la cuenta que le trae (y el bolsillo de sus padres), sacará el máximo partido a las clases. Superada la adolescencia y al margen de las distracciones del grupo, la enseñanza es sin lugar a dudas, una tarea muy gratificante.

Enseñar en Secundaria, sin embargo, es un reto de mayor dimensión, se trata de transmitir conocimiento a un gran grupo de personas obligadas a permanecer entre esas cuatro paredes del aula. Es por eso que el alumnado usará estrategias varias para distraerse y perder el tiempo. No faltará quien pida cincuenta veces ir al baño, quien se ofrezca para hacer fotocopias aún cuando sea innecesario o quien pregunte de forma repetitiva lo último que se acaba de decir. El caso es obstaculizar la labor docente.

Por suerte, aún quedan alumnos en Secundaria con un ansia inagotable de aprender. No me refiero a aquellos a los que sólo preocupa sacar el diez, los resultadistas, como les llamo yo. Las dudas de estos se refieren únicamente a los exámenes, lo que les importa es ser el mejor. Me refiero a esos alumnos que se acercan al profesor cuando termina la clase y le plantean cuestiones de todo tipo, aunque no tengan que ver con la materia que se está explicando. Me refiero a esos alumnos que son capaces de razonar, más allá de la chapatoria. Esos alumnos que son conscientes de que los exámenes no son más que una herramienta de evaluación, esos alumnos que cuando toca el timbre te dicen "profesor/a, me gustan mucho tus clases".

sábado, 27 de julio de 2019

Querido abuelo

Querido abuelo,

Sé que a ti te hubiese gustado que siguiese investigando. Te llenaba de orgullo hablar de mi trabajo en la universidad. Recuerdo cuan henchido estabas el día que presenté mi tesina: con tu traje de rayas, tu gorra y esa pose tuya tan elegante. A mi tesis no pudiste asistir, fueron solo tres meses, pero la vida te llevó antes. A ti quise dedicar mi manuscrito, porque siempre me inspiraste y lo sigues haciendo. Me basta con pensar en tu sonrisa, esa que tenías el día que presenté mi primer monólogo, para sentirme en calma. Porque tú me apoyabas incondicionalmente y eras mi fan "number one".

Creo que no te sorprendería saber que he dejado a un lado la veterinaria y ahora, me dedico a la enseñanza. Si tú supieras abuelo, como han cambiado los tiempos desde que tú nos llevabas al colegio. En aquel entonces, algunos profesores aún usaban la vara con los niños que se portaban mal en Primaria. Había alumnos inquietos en las aulas pero no existía la famosa hiperactividad de la que todo el mundo habla. Los niños acudían a actividades extraescolares, una o dos que les gustaban; hoy tienen la agenda más apretada que muchos adultos y apenas tienen tiempo para jugar. Los niños de ahora viven rodeados de pantallas. Y pensar que nosotras no tuvimos móvil hasta los 17 años...

Los adolescentes ya no juegan al Mario Bros, sino al famoso Fortnite. En él, tienen que matar gente y se pasan horas enganchados al ordenador. Estudios científicos han demostrado que ese tipo de videojuegos crea adicción y los vuelve violentos. Y efectivamente, es lo que sucede. No me refiero a unos cuantos empujones en el patio del colegio, sino a la forma que tienen de relacionarse. Aunque el acoso hacia el diferente existió siempre, ahora se agrava en Instagram y los grupos de WhatsApp. Por esta razón, las patologías mentales en adolescentes se han incrementado tanto en la actualidad. Al mal uso de las tecnologías hay que sumarle los altos niveles de competitividad, que hacen que el adolescente se convierta, en muchas ocasiones, en una bomba a punto de estallar.

Pero tranquilo, abuelo, que yo no pierdo la esperanza. Aunque el panorama de la enseñanza pueda parecer desalentador, hay muchos aspectos en los que el tiempo pasado no fue mejor. Ahora en los colegios se atiende a la diversidad de los niños desde edades tempranas, se trabajan la autoestima y la motivación para ayudarlos a crecer no sólo en conocimientos, sino también como personas, ha aumentado su sensibilidad en torno a temas como el medioambiente o la violencia contra la mujer y gracias al acceso a la información, aparecen pequeños genios en todas las partes del mundo. Y esto, es lo que intento hacer ahora, abuelo, ayudar a los niños en este proceso. Espero que estés orgulloso.

Te quiero,

Eva

Querido abuelo IX

Querido abuelo, Hoy, después de casi un año, te escribo para contarte que siento un vacío grande en el estómago y en el corazón. Este año, d...